City Boom Boom*

La luz es el primer animal visible de lo invisible.

José Lezama Lima

 

 

1

Olor a hielo en el relámpago

de vodka

de tu respiración.

Un vaivén de salitre y palabras obscenas

en muelles que duraron un minuto.

La voz un alfiler con punta de ángeles.

Bailar heridos a coro.

Un rumor de alfabeto bajo frondas de asfixia.

Yacer amordazado en el Edén.

Te desnudaste con un saldo de luz negra,

un latido de sol dentro de ánforas turbias.

Las cicatrices de tus muñecas destellaban

como navajas esparcidas en el césped.

2

Ungidos de distancia,

mis ojos palpan pliegues.

Debajo está tu cuerpo

en la porosa luz.

Para tocar tus manos

yo nado en mis pupilas. Soy

el niño que busca una moneda

dentro de la laguna.

El recuerdo es pura

superficie;

apenas la textura del vestido, el aliento

de una boca a la otra:

cristalino, pétreo por momentos,

y luego desgajado

como un río en su doble corriente luminosa.

 

 

3

El otro lado de tu nombre.

Pronunciar un cascabel

entre tus muslos

hasta pulirlo: tañerlo:

restañarlo: cristal

sin nombre.

Hasta que el trueno

sea una cúpula sorda.

 

 

4

Rosas cristalizadas en la velocidad.

Cámaras cáusticas de resplandor dentado.

Olores correosos y salaces

como tripas (¿sientes cómo

se estira esta canción, cómo le nacen

aposentos de hoz, un pájaro magenta,

torniquetes?)

 

El diablo es un jardín.

Hay moscas en su miel.

Los setos asfixian esmeraldas.

 

Mi desnuda

–un cirio en un incendio–

pasea por él recolectando flamas.

 

 

6

Una vocal engarzada en el tacto.

Un espejismo de seda que murmura.

Una estrella de aliento.

Una muda abeja destilada.

La frescura de alfanjes decorados en Córdoba.

 

Venturas que duran en los cuerpos

mientras bebemos

–lámpara y mesa de por medio–

limonada.

 

 

7

Despiertas preguntando qué son mis cicatrices.

Caín y Abel con una pala

ayudando al abuelo a cocer unos ladrillos.

En el codo y la espalda un par de navajazos.

también me quieres atizar. Derribar una puerta

más dueña del destierro que del mundo.

Colonizar este salón de aliento

desde donde te llamo sin tu nombre.

O me equivoco, y cicatrices para ti

[me doy al ti como

cayendo de un caballo] son

pruebas de que el azar se abrió, mas pudo luego

reparar su avidez;

dejar de ser infección para volverse

tejido púrpura ideando como hielo.

O exagero porque

la cicatriz se llama desengaño de una herida.

Y no hay herida (pero tampoco éxtasis

o texto)

que no vista de signo su corazón de caos.

 

 

*gimnasia lírica al (más o menos) hispánico modo con fragmentos reciclados y Julien Lourau de fondo

 

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